La diplomacia mexicana


Save this PDF as:
 WORD  PNG  TXT  JPG

Tamaño: px
Comenzar la demostración a partir de la página:

Download "La diplomacia mexicana"

Transcripción

1 La diplomacia mexicana FRANCISCO OLGUÍN URIBE José Juan de Olloqui, La diplomacia total, Fondo de Cultura Económica, México, 3ª.ed., 2001, 322 pp. La honestidad intelectual me exige iniciar este análisis con un reconocimiento explícito de la relación personal del que escribe con el Dr. José Juan de Olloqui, quien a lo largo de ya un cuarto de siglo fue mi jefe en cuatro ocasiones y, siempre, mi maestro y amigo. Esta múltiple circunstancia presenta ventajas y desventajas. Entre estas últimas sobresale el riesgo de la parcialidad, entre las primeras un conocimiento a fondo del pensamiento de nuestro autor. Ambas ameritan una breve referencia. Aunque acepto mi posible parcialidad, creo que en todo caso se ve atemperada por varias razones entre las que destaco mi pertenencia al servicio exterior (que limita significativamente mi dependencia laboral de cualquier jefe en lo individual), el carácter institucional que siempre prevaleció en nuestra relación de trabajo (por decisión del propio José Juan de Olloqui y plenamente aceptada por su subordinado),1 el largo tiempo transcurrido, casi dos lustros, desde la última vez que trabajé para nuestro autor así como la remota posibilidad de que vuelvan a darse las circunstancias que permitan restablecer una relación de esa naturaleza. La contraparte de este riesgo de parcialidad es la indudable ventaja de haber observado de cerca al autor de La diplomacia total, no sólo en el desarrollo intelectual de su visión de México en el escenario internacional y de su concepción de lo que debería ser la política exterior de nuestro país, sino también como un practicante capaz de transformar sus ideas en acciones y demostrar con los hechos la viabilidad de sus planteamientos. La diplomacia total es el fruto maduro de una travesía intelectual y una privilegiada experiencia en el quehacer internacional de México. Su autor, ciertamente, ha publicado sus ideas en diversas obras que han visto varias ediciones,2 pero es en esta obra donde ofrece una panorámica más completa de su pensamiento en torno a la política exterior de México. En ella, como en todas sus publicaciones, llama la atención la ausencia de referencias a las diversas teorías de las relaciones internacionales y la indiferencia de su autor a las ideologías del momento. 1

2 Aunque se hace evidente su profundo conocimiento de la historia, de los principales actores en el escenario internacional, una amplia cultura y su sólido dominio del derecho, de la economía y de la política, el suyo es un planteamiento netamente pragmático y original, más cercano a la visión de un hombre de Estado, que debe conjugar realidades y objetivos, que la del académico empeñado en explicar los hechos y establecer, a posteriori, sus causas y sus efectos. Para apreciar mejor la originalidad de su pensamiento es necesario ubicarse a principios de los años setenta, cuando José Juan de Olloqui comenzó a revelar su percepción de la política exterior de México. A mi entender, la primera vez que expuso de una manera orgánica e integral sus ideas sobre este tema fue en el extenso memorándum, que aún ahora llama la atención por su lucidez, coherencia y carácter visionario, preparado por nuestro autor para la reunión de embajadores, convocada por el presidente Luis Echeverría en Cozumel, 1972, y a la que asistió como embajador de México en Washington.3 Se iniciaba una época de mayor activismo de nuestro país fuera de sus fronteras, marcado por una voluntad de reivindicar la causa de los países en desarrollo, pero la posición de embajador de México ante Estados Unidos contrastó dramáticamente tanto con la tradicional postura de nuestra diplomacia (reactiva y predominantemente orientada a la defensa de principios, particularmente el de no intervención) como con el rumbo que le daba el entonces primer mandatario (más proactiva pero un tanto ideologizada y con un marcado déficit de coherencia). Es interesante destacar dos aspectos de la postura de Olloqui en esa ocasión que se han mantenido a lo largo de toda su trayectoria política e intelectual. En cuanto a la forma, no hay intento alguno de congraciarse con las posiciones tradicionales o el nuevo giro que tomaba nuestra participación en el quehacer internacional. Es más, ni siquiera busca criticarlas o invalidarlas. Da la impresión más bien de confiar plenamente en que el vigor de la lógica interna de sus propuestas las hace tan evidentes que ello les basta para sostenerse a pesar de su "heterodoxia". En cuanto al fondo encontramos ya en ese documento una presentación muy completa de los lineamientos básicos del pensamiento olloquiano, que con el tiempo sólo se han venido ampliando, enriqueciendo y aplicando a las nuevas circunstancias del cambiante entorno internacional. Atreverse a pensar con originalidad y no dejarse atrapar por nociones y valores universalmente aceptados son una virtud sólo si la propuesta alternativa es suficientemente sólida. La de José Juan de Olloqui lo era y lo sigue siendo. 2

3 Dicho de manera muy sucinta, su punto de partida es que no basta tener principios sino que éstos deben unirse a objetivos políticos, bajo la inobjetable noción de que la política exterior debe ser un instrumento para que México alcance su mayor grandeza. Ésta la logrará si persigue con convicción el interés nacional que, a su vez, tiene que identificarse a partir de la situación geopolítica de México. Son el interés nacional y las determinantes geopolíticas los elementos que permiten definir los objetivos de la política exterior, tanto por regiones como por contenido temático. En el diseño de la política exterior, me atrevo a glosar, las consideraciones temáticas y regionales determinan los niveles de prioridad de dichos objetivos y los mecanismos de acción diplomática necesarios para llevarlos a cabo. También como parte de este ejercicio deben concatenarse los objetivos a corto, mediano y largo plazos, además de asegurar su plena armonía y consistencia, y vigilar que no se contraponga la actuación de nuestro país en el ámbito bilateral con la que realiza en los foros multilaterales (cosa que ciertamente no ocurría en el sexenio en que José Juan de Olloqui comenzó a exponer estas ideas: igual se pretendía negociar nuevos créditos a nivel bilateral que se amenazaba en Naciones Unidas con no pagar la deuda a las "potencias capitalistas"). Puede México realmente aspirar a un alto destino? En qué se podría sustentar ese supuesto? Olloqui no es un hombre dado a ilusiones y si se le puede acusar de algo es de un crudo realismo. Su opinión parte como siempre de una base pragmática en la que evalúa tanto el peso comparativo de nuestro país en el mundo (al que ubica entre el décimo y el decimoquinto lugar, según diversos indicadores como territorio, población, dimensión económica, etc.)como por las posibilidades que le ofrece una posición geográfica que él interpreta como particularmente privilegiada: en el hemisferio norte, pertenece tanto a la comunidad del Atlántico Norte como a la Cuenca del Pacífico, es vecino de la mayor potencia del mundo y puente entre la América anglófona y América Latina (región de la que México es uno de sus miembros más grandes), tiene un importante papel que jugar en el Caribe y Centroamérica, regiones que constituyen un área natural para la acción internacional de nuestro país. Esta amplia gama de potencialidades fue eventualmente definida por Olloqui como la multigeopoliticidad de México, palabra larga que, sin embargo, refleja con precisión la perspectiva que de nuestro país tiene ese autor. El voluntarismo es también una característica distintiva del pensamiento de Olloqui y que en ocasiones pudiera parecer que lo aleja del rigor lógico que lo caracteriza. Así, por ejemplo, puede proponer maximizar los beneficios de la relación de México con Estados Unidos y, a la vez, perseguir una política de no dependencia ante el poderoso vecino. 3

4 En efecto, podría argumentarse que al incrementar la relación entre dos países asimétricos (especialmente cuando la diferencia es tan marcada como en este caso) la intensificación del vínculo de dependencia es inevitable. No para nuestro autor, y es precisamente ahí donde surge con mayor claridad la visión del estadista. Y es que José Juan de Olloqui no parece concebir el poder como un factor estático y ni las relaciones de poder entre los países como pesos colocados en los platillos de una balanza en las que se miden elementos como territorio, población, dimensión económica, fuerza militar, ubicación estratégica y otros más. Considera más bien que estos elementos, como las piezas del ajedrez (si se me permite esta comparación), sólo adquieren verdadera importancia si se saben posicionar bajo los designios de un planteamiento estratégico con objetivos claros y en el que se aprovechen fuerzas y debilidades de una y de otra parte. Ello es lo que permite a algunas potencias ejercer una influencia en el acontecer mundial muy por encima de su dimensión, poderío militar o peso económico, como lo muestran la historia y el día a día de las relaciones internacionales. Por volver al ejemplo, Olloqui ha hecho notar los muchos contrapesos que existen en nuestra relación con Estados Unidos, entre los que se encuentran el hecho de que la misma interrelación tan estrecha que se ha generado entre ambos países se puede llegar a convertir en una limitante para esa superpotencia, pues no le conviene ejercer presiones sobre nuestro país que pudieran revertirse en flujos migratorios, bajas en las exportaciones a México, incertidumbre en sus instituciones financieras, sentimientos adversos en la creciente población mexicano-americana, etcétera. Este marco de análisis, el vigor de sus convicciones, su profundo conocimiento de los actores del escenario internacional, de su historia, su evolución y sus perspectivas, además de su permanente reflexión sobre México y sus potencialidades, permiten a Olloqui tener una capacidad de interpretación y reacción inmediata ante los cambios que se producen en la aldea global. Guardo el recuerdo entrañable de largas sesiones con nuestro autor en el que algunos de sus colaboradores, amigos y allegados podíamos preguntarle y discutir con él cómo debía reaccionar México ante cualquier problema internacional, candente o potencial, que se presentara en cualquier parte del mundo. Las suyas eran siempre respuestas inmediatas, interesantes, sólidas y coherentes con los objetivos de México, sin que le faltaran puntos de vista brillantes y atinados sobre las posibles soluciones que se podían ofrecer a problemas internacionales que nos son ajenos por geografía u otras razones. Esto mismo ocurría cuando se reunía con grandes personalidades, como me tocó constatar 4

5 cuando lo acompañé a diversos viajes internacionales y cuando tenía la placentera, auténticamente placentera, tarea de tomar notas de sus conversaciones cuando recibía a embajadores o dignatarios de otros países. Por desgracia eran muy pocas las personalidades que podían emprender conversaciones de altos vuelos con nuestro autor. Tal vez por ello se desarrollaba una relación personal estrecha con quienes compartía estos intereses y capacidades. Entre otros estaban el embajador soviético Anatol Dobrinin o el ex primer ministro británico Edward Heath. Supe que Henry Kissinger alguna vez comentó que a pocas personas le daba tanto gusto ver entrar a su oficina como al embajador de México José Juan de Olloqui, y tiempo después tuve la oportunidad de ver a Kissinger bajar del estrado, donde estaba a punto de iniciar una conferencia en el Instituto Matías Romero de Estudios Internacionales, para saludarlo de mano cuando lo descubrió entre los asistentes. Aunque con intereses, ideologías y posturas diversas ante el acontecer internacional, todos ellos formaban parte del exclusivo círculo de los que hablaban un mismo idioma, el idioma del hombre de Estado. La diplomacia total es un recorrido por todos los confines del mundo, exponiendo a grandes trazos su visión de los objetivos que debe perseguir México en cada región y ante los principales actores de la política internacional. Es un libro que ofrece la oportunidad de acercarse al pensamiento que guiaba a José Juan de Olloqui en esas conversaciones de alto nivel, que se producían en la discreta intimidad de la oficina del embajador, o en la Secretaría de Estado, la Foreign Office o la cancillería de México en Tlatelolco. Es también un libro para participar como observador en el despliegue de un pensamiento estratégico, que tuvo y tiene un carácter más que innovador, revolucionario. Si no aflora en él toda la frescura y el humor que normalmente aparecen en una conversación en vivo con Olloqui, presenta en cambio la ventaja de ser una exposición más sistemática y ordenada, cualidades que se dan con mayor facilidad en un escrito que en la espontaneidad de un encuentro personal. Y, al ofrecer este valioso acercamiento al pensamiento olloquiano y a su método de análisis geopolítico, es una obra que tiene un enorme valor formativo para los interesados en el estudio y la práctica de la política internacional. Otro elemento que debe destacarse de La diplomacia total, es su carácter testimonial. Y éste en dos sentidos: previsión e influencia. 5

6 Por tratarse de una reimpresión, es obvio que la obra objeto de esta reseña no contempla algunos importantes acontecimientos recientes, pero en cambio muestra que su autor anticipó hace ya casi una década cambios que habrían de venir, que están ocurriendo...o que han de presentarse. Pero también reflejan su impacto en la transformación de la política exterior que mantuvo México hasta fines de los años sesenta. Aquella política de la no intervención, tan ensalzada interna e internacionalmente, ha cambiado de manera radical y para ello tuvo que romper con valores y tradiciones que, para quienes vivimos esa época como estudiantes o jóvenes diplomáticos, parecían sagradas e intocables. Por haberse dado en los entretelones de la cancillería o incluso de Palacio Nacional o Los Pinos, a lo largo de muchos años y con distintos personajes influyentes o determinantes en la conducción de nuestro país, mediante consultas privadas e informes confidenciales más que a través de publicaciones o conferencias, el papel de José Juan de Olloqui en la transformación de nuestra política exterior es difícil de apreciar. No obstante, para quien ha trabajado cerca de él o mantenido una estrecha amistad y correspondencia a lo largo de estos años, resulta claro que su pensamiento y su visión fueron ganando gradualmente aceptación para llegar a imponerse por el peso de su lógica geopolítica y con ello adquirir un papel determinante. Y esto se dio no sólo en materia de doctrina, sino también mediante decisiones concretas, algunas de las cuales tuvieron una trascendencia aún poco conocida y escasamente, si acaso, valorada. Entre mis primeras experiencias personales, como asesor de quien fuera subsecretario de Relaciones Exteriores de 1977 a 1979, puedo referir la estructuración de una nueva relación con los países del bloque socialista, con un diseño elaborado íntegramente por Olloqui y que después escuché expresar al secretario Santiago Roel, con las mismas palabras del escrito que se le había sometido y que la prensa después atribuiría al entonces canciller. Recuerdo también, en el acercamiento a Europa Occidental, una anécdota que refleja de manera excepcional la visión de largo plazo de nuestro autor: en ocasión de una reunión de alto nivel de la comisión mixta México-Italia realizada muy al comienzo del gobierno del presidente José López Portillo, el jefe de la delegación italiana propuso redactar un compromiso mediante el cual su país representaría a México ante la Comunidad Económica Europea y México a Italia ante la entonces Asociación Latinoamericana de Libre Comercio. El subsecretario Olloqui, sin embargo, negoció una redacción distinta de ese generoso ofrecimiento de modo que el compromiso quedó simplemente en que, palabras más, palabras menos, ambos países verían con la mejor disposición los intereses del otro en el seno de sus respectivos procesos de integración. 6

7 Su posición causó sorpresa y aun extrañeza tanto entre la delegación de Italia como entre la mexicana. Sin embargo, cuando, tiempo después se dio la reconstitución de las relaciones con España, Olloqui propuso que fuera España el país que asumiera un papel similar al que en su momento había ofrecido Italia. 4 El carácter visionario de su intervención puede valorarse mejor si se toma en consideración que en 1977 estaba aún fresca en la memoria el enfriamiento en la relación con la Península que se había producido durante el gobierno de Luis Echeverría, y sobre todo que España aún no pertenecía a la cee (a la que ingresó sólo hasta 1985). Mucho más tarde aún, España efectivamente desempeñó un papel determinante y mostró una tremenda convicción al apoyar la concertación del Acuerdo de Libre Comercio México/Unión Europea. El que esto escribe pudo testimoniar ese papel de España como jefe de cancillería de la misión de México ante la Unión Europea durante , periodo en el que se negoció dicho acuerdo. Se podría decir que Olloqui lo había visto veinte años antes. Otras muestras de la perspectiva visionaria de José Juan de Olloqui y del impacto que ha tenido su pensamiento en la política exterior de México son el creciente reconocimiento de que "los principios solos no hacen política exterior, es necesario incorporar a ellos objetivos cuidadosamente diseñados conforme al interés nacional"; la ya total aceptación de las oportunidades que ofrece a México su posición geográfica, noción de nuestro autor que fue recogida textualmente por el presidente Miguel de la Madrid en su último informe de gobierno; por este mismo motivo no es de extrañar que Olloqui haya sido pionero del acercamiento de México al fenómeno de la cuenca del Pacífico; también mantuvo desde muy temprano la convicción de que México debía negociar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos siempre y cuando participara Canadá (país con el que buscó desde 1977 cultivar una estrecha relación) y en su momento abogó con la discreción que exigía el caso a favor del carácter trilateral del acuerdo (a pesar de que el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari le contestara con un tajante "eso no está previsto"); favoreció la incorporación de nuestro país a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (a la vez que vio con ojos críticos la forma en que se manejó el cambio de la relación con los países del Grupo de los 77); y la lista podría seguir adelante...o encontrarse en una lectura atenta de La diplomacia total. Debo reconocer que, las más de las veces, las posiciones de Olloqui me parecían demasiado audaces cuando las escuchaba por primera vez. Eventualmente llegué a compartir la mayoría de sus puntos de vista para observar después cómo el tiempo le daba la razón. En algunos temas, pocos, sigo difiriendo de nuestro autor. 7

8 Nuestras opiniones sobre el ejercicio de Contadora, por ejemplo, pueden tener algunas coincidencias pero nuestro juicio último sobre esta iniciativa mexicana, que reprueba Olloqui y valora cautelosamente quien esto escribe, es totalmente distinto. Pero el valor más importante de la obra que ahora me merece esta reseña es quizá, reitero, la posibilidad que tiene el lector de desentrañar de sus páginas el método de análisis internacional de un autor que se ha señalado tanto por su reflexión como por la práctica del oficio y de llegar a compartir su convicción del alto destino que, con la vigorosa participación de todos los mexicanos, aguarda a México 1 Fue el entonces subsecretario Olloqui quien me animó a presentarme al concurso de ingreso al servicio exterior, en 1977, a fin de mantener una relación plenamente institucional.obtuve mis ascensos por la vía institucional y nunca por gestión suya. 2 Vid. Particularmente: la introducción y las ideas selectas de México fuera de México, unam, México, 1980; Consideraciones sobre dos gestiones: política exterior y banca, Porrúa, México, 1986, y "Forjando una política de no dependencia en una relación compleja y asimétrica: México y Estados Unidos" en Kaufman, Susan P.(comp.), Mexico in transition, Nueva York, Council on Foreign Relations, Una versión editada de este documento (de carácter interno por su naturaleza y por el foro en el que fue presentado) apareció en Las Memorias de la Secretaría de Relaciones Exteriores correspondientes a dicho año. 4 Olloqui propuso una redacción más matizada, pues sostiene que difícilmente conviene a México intercambiar apoyos para foros a los que no tiene acceso: con Italia existen afinidades por la latinidad, pero su relación no es comparable a la que podría tener ese país con Argentina, por ejemplo; con España, considera, el peso geopolítico de ambos resulta desequilibrado (a favor de México). 8